Medios de comunicación y pensamiento único
Javier Ortiz
Valencia, 26/Octubre/2001
¿Qué es eso del pensamiento único?
Algunos damos ese nombre a la ideología del neoliberalismo económico. Una
ideología que defiende no ya la supremacía de la propiedad privada, sino
su superioridad moral; que es hostil por principio a la intervención del
Estado y a la regulación de las relaciones sociales y que ve con entusiasmo
y patrocina el actual proceso de globalización de la economía, en la que
él mismo participa.
Aunque sus consecuencias principales se expresen en los planos económico
y social, el pensamiento único no sólo tiene recetas económicas: es toda
una concepción del mundo, que entroniza el individualismo más exacerbado
y recela de cualquier planteamiento colectivo. Luego volveré sobre esto.
El pensamiento único es una ideología, un modo de ver la realidad política,
económica y social, pero se niega a presentarse como tal. Aquellos que lo
sustentan no creen que el suyo sea un modo de ver el mundo, sino el único
modo sensato de verlo. Para ellos, quien no considera la realidad a su manera
es, sencillamente, o un idiota o un insensato, si es que no un embaucador.
Los medios de comunicación están, prácticamente en su totalidad y a escala
internacional, dominados por el pensamiento único. Lo cual no quiere decir
que sean clónicos. Como más tarde analizaré, hay diferencias que los separan,
en buena medida determinadas por sus diversos planteamientos empresariales.
A lo que me refiero es a que su ideología de fondo ha alcanzado un grado
de homogeneidad desconocido en el pasado. Una homogeneidad apenas separada
no ya por intereses de clase contradictorios, sino incluso por intereses
nacionales en conflicto.
Pero, para llegar a la situación actual, ha sido necesario recorrer un largo
camino. Para llegar a lo superlativo, ha habido que pasar previamente por
lo grande.
Antes de abordar la actual situación de los medios de comunicación a escala
internacional, y para poder entenderla, me parece necesario empezar por analizar
cómo son los elementos que la constituyen, esto es, los medios de comunicación
concretos, y de qué modo éstos crean una situación que enmarca y en buena
medida condiciona la labor periodística.
Lo haré ateniéndome a la realidad que mejor conozco: la de la prensa diaria
escrita. Tanto la prensa que sigue otra periodicidad, como la radio y, sobre
todo, la televisión, tienen sus propios problemas específicos, si bien es
cierto que la gran mayoría de esos problemas reproducen y multiplican los
del periodismo diario escrito.
Iremos, pues, de lo particular a lo general; de la célula al cuerpo.
¿Qué es un periódico? Un periódico es, antes que nada, una empresa. Algunos
periodistas y muchos lectores tienden a menospreciar esta realidad. Imperdonable
error. Una empresa periodística próspera puede hacer un mal diario –burocrático,
aburrido, sin chispa: ha ocurrido, ocasionalmente–, pero una empresa periodística
deficiente jamás podrá sustentar un buen diario: algo antes o algo después,
lo hundirá.
De modo que la condición primera de un periódico –es decir, su primer condicionante–
le viene dado por la prioridad que debe conceder a los criterios empresariales.
Es cierto que ha habido y hay periódicos que ponen por delante otros criterios,
diferentes de los empresariales. Algunos son partidistas, lo que les proporciona
fuentes de ingreso atípicas. Es el caso, entre nosotros, de Avui, Deia y
Gara. No es que a éstos no les importe vender, pero tampoco ése es para ellos
el factor decisivo.
Hay otros periódicos no partidistas, pero sí explícita y voluntariamente
militantes, que se conciben a sí mismos como complementarios. Son diarios
que funcionan con muy pocos medios y que, por tanto, no están en condiciones
de atender las necesidades informativas de su público lector, que se ve obligado
a comprar algún otro periódico.
La experiencia demuestra que estos periódicos tienden a ser efímeros. Porque,
o funcionan bien, o funcionan mal. Si funcionan mal y acumulan pérdidas,
acaban cerrando. Fue el caso, en España, del diario Liberación. Y si van
bien, rara vez se resisten a la tentación de abandonar ese terreno marginal
y entrar en competencia con los grandes periódicos. Fue el caso, en Francia,
del diario Libération. Pero esta evolución no es obligatoria: en Alemania
sigue existiendo el Tage Zeitung, aunque desconozco en qué condiciones en
los últimos tiempos. En todo caso, se puede afirmar sin miedo a equivocarse
que esas experiencias son ya meras reminiscencias del pasado. Las posibilidades
de sacar hoy en día con éxito un diario independiente son mínimas, por no
decir nulas. También sobre esto volveré más tarde.
Un periódico vive –cuando vive– de sus lectores y de la publicidad. Vistas
las cosas superficialmente, podría decirse que vive sobre todo de la publicidad,
dado que ésta proporciona ingresos más limpios que la venta en kiosco, que
hay que repartir con el kiosquero, el distribuidor, etc. Pero la publicidad,
con la parcial excepción de la institucional, en realidad también depende
de los lectores: los anunciantes acuden más prestos a los periódicos que
tienen más y mejores lectores (entendiendo por mejores los que lo son para
los anunciantes, que prefieren lectores con mayor nivel adquisitivo).
Lo que nos lleva a otras dos conclusiones: primera, que como suelo decir
de modo deliberadamente brusco, el periodismo es ese trabajo que se hace
en los huecos que deja libre la publicidad; y segunda: que no tiene nada
de sorprendente que los periódicos muestren una tendencia casi biológica
a no contrariar excesivamente a los grandes anunciantes (en el caso de España,
El Corte Inglés y los grandes fabricantes de automóviles, sobre todo).
La relación de los periódicos con los lectores es relativamente compleja.
Sobre todo la de los grandes periódicos.
Los lectores condicionan también el periódico. Cada periódico tiene un determinado
público y está obligado no sólo a dirigirse a él, sino también, en términos
generales, a contentarlo. No puede contrariarlo sistemáticamente, porque
corre el riesgo de que lo abandone. Cada periódico sabe qué público es el
suyo: a qué clases sociales pertenece y en qué proporciones; qué querencias
ideológicas y políticas predominan en él, etcétera. El periódico influye
sobre sus lectores, pero los lectores ponen también límites a su periódico.
En una sociedad como la española, el público de prensa de información general
–digo de información general: no olvidemos que el diario español de más venta
es Marca– admite subdivisiones. Como se sabe, en nuestro país se han consolidado
tres grandes periódicos de difusión estatal: El País, ABC y El Mundo. Los
tres tienen un público asentado básicamente en las clases medias y medio-altas.
Se trata, en consecuencia, de un público que, en términos generales, goza
de una buena posición económica. El público de ABC es de más edad, y el de
El Mundo, mayoritariamente más joven. Pero las mayores diferencias entre
los lectores de estos tres periódicos no están ni en el plano sociológico
ni en el de la edad, sino en el político. Los de ABC se identifican mayoritariamente
con la derecha más tradicional, heredera del franquismo. Los de El País simpatizan
con el centrismo de corte felipista: un centrismo que se obtiene mezclando
derechismo político y hábitos culturales de izquierda. Los de El Mundo procedían
sobre todo, hasta hace unos años, del centrismo antifelipista. Ahora tiene
también muchos pertenecientes a la nueva derecha, simpatizante del ala menos
vetusta del PP.
Son diferencias que han podido tener mucha importancia en el escenario de
la política de cada día, e incluso seguir teniéndola, pero que resultan relativamente
mínimas en lo que se refiere a su ideología profunda: estamos ante posiciones
que van desde la derecha al centro-izquierda, o sea, desde el rancio conservadurismo
hasta un vago reformismo sin aristas para el sistema.
No trato de decir que no haya más público que ése. También hay un público
menos conformista. Conscientes de ello, tanto El País como El Mundo incluyen
determinados contenidos destinados a ese segmento social, y tienen en plantilla
personas que pueden conectar con esas posiciones. Pero ese público, minoritario,
no tiene capacidad para servir de soporte a un gran diario. Tampoco interesa
del mismo modo a los anunciantes, que saben que las personas más orientadas
hacia la izquierda se dejan influir menos por la publicidad y suelen tener,
además, menos disponibilidades económicas.
Los profesionales de la información trabajan, pues, para un público que,
en su gran mayoría, espera recibir un mensaje ideológicamente moderado.
He mencionado ya algunos condicionantes clave que enmarcan la actividad de
los medios de comunicación: la empresa, los anunciantes, el público... Pero
hay más.
Al referirme antes a las empresas de la comunicación no he mencionado a los
accionistas. Los accionistas, incluidos los minoritarios, también tienen
influencia. Pondré un ejemplo referido al medio para el que trabajo. Uno
de los grandes accionistas de El Mundo es Rizzoli, emporio italiano de la
comunicación. El principal accionista de Rizzoli es Agnelli, propietario
de la Fiat. Francamente, no veo yo a la sección de Motor de El Mundo poniendo
a parir al último modelo puesto en la calle por la Fiat. Aunque –todo sea
dicho– tampoco la veo haciendo lo propio con el último modelo de la Renault,
la Opel o la Citröen, que proporcionan al periódico unos fantásticos anuncios
de página entera que pagan a muy buen precio.
Pero dejemos ya los condicionantes concretos de cada medio y elevemos un
poco más el punto de mira, para ver de qué fuentes beben los periódicos.
La prensa diaria en el mundo presenta, como no podía ser menos, una gran
variedad, dependiendo de las tradiciones de las diversas áreas culturales,
e incluso de las de cada país, de su fortaleza económica, del nivel de alfabetización
de las poblaciones respectivas, etcétera.
No obstante, esa variedad es más aparente que real. Se refiere más a las
formas que a los contenidos. Por un lado, la progresiva desideologización
de la labor periodística –entendiendo por tal la adopción de patrones ideológicos
equivalentes, si no idénticos, que entronizan los postulados formales de
la ideología neoliberal– y, por otro, la estandarización de las técnicas
de redacción de las noticias hacen que los contenidos de los periódicos se
estén uniformizando cada vez más a lo largo y ancho del mundo.
A ello contribuyen poderosamente dos factores.
En primer lugar, la labor de las grandes agencias de noticias. Sólo los rotativos
más poderosos tienen una red de corresponsales propios que les permite cubrir
la información potencialmente relevante a escala internacional. Esta red,
de todos modos, y en el mejor de los casos, abarca únicamente las principales
capitales de cada continente, lo que conlleva carencias fundamentales. Es
cierto que, en casos extraordinarios, los periódicos desplazan a sus enviados
especiales, pero éstos no les aseguran la cobertura del día a día. Así las
cosas, todos los diarios del mundo deben nutrirse del material que les proporcionan
las grandes agencias de noticias.
En el mundo de hoy hay muy pocas grandes agencias de prensa. Está Reuter,
controlada por una comisión paraestatal de la Commonwealth; está la Asociated
Press (AP), que es una cooperativa formada por los principales diarios de
Nueva York; está la United Press International (UPI), que es de capital privado
norteamericano, y está la France Press, que es de propiedad pública francesa.
La vieja Tass soviética se ha fragmentado y ha perdido buena parte de la
influencia que tuvo. En el ámbito internacional de habla española, la agencia
española Efe cuenta con considerable acogida.
Aunque no hay cifras oficiales sobre ello, se calcula que unas dos mil personas
trabajan diariamente para alimentar de noticias a estas agencias. Pero a
esa cifra hay que sumar muchos miles más de periodistas que no son de plantilla,
pero suministran noticias a las agencias (o, eventualmente, a los propios
periódicos), sea de modo habitual, sea esporádicamente.
Esta enorme concentración de las principales fuentes de información conduce
necesariamente a una equivalente homologación de los periódicos que se elaboran
con ellas. Y, si bien las grandes agencias tienen a gala utilizar un estilo
de redacción aséptico, sin valoraciones explícitas ni adjetivaciones, es
obvio para cualquier persona avisada que la propia selección de lo que se
considera noticia y los aspectos que se resaltan dentro de ella constituyen
un filtro condicionante de las valoraciones que cada periodista y cada medio
de prensa en concreto, y finalmente cada persona que lee, pueden establecer
con relación a los hechos relatados.
Hoy en día han cobrado gran importancia también los servicios llamados sindicados,
que son agencias dedicadas a proporcionar a los periódicos pequeños artículos
de análisis, columnas de opinión y hasta editoriales, por extraño que esto
último pueda parecer. Un gran número de periódicos locales se abastecen así
hoy en día de opinión homogénea servida desde los grandes centros opinantes.
En segundo lugar, el proceso global de uniformización de la prensa diaria,
y de los medios de comunicación, en general, viene dado por la importante
concentración de la propiedad que ésta ha experimentado a partir de los años
70, pero muy especialmente en la década de los 90.
En el mundo actual, la tendencia principal en el terreno de los medios informativos
es la marcada por la constitución y el reforzamiento de los grandes emporios
multimedia. Hablo de empresas que publican varios periódicos y revistas,
que tienen canales de radio y televisión, productoras y distribuidoras de
cine, editoriales de libros y sellos discográficos... Empresas que, en la
actualidad, trabajan también en el mundo de la telefonía, de las comunicaciones
por satélite, de la informática... Lo más frecuente es que esos poderosísimos
tinglados se formen no por expansión del mercado, sino a través de un proceso
de concentración de la propiedad previamente existente: las empresas mayores
van absorbiendo empresas menores y se fusionan entre sí.
Lo cual tiene dos efectos, y ambos extraordinariamente perversos.
De un lado, conduce a la reducción progresiva del pluralismo informativo
y de la variedad de líneas de opinión. Estas empresas ponen a nuestra disposición,
sin duda, una oferta enorme, pero sólo en cuanto al envoltorio: el contenido
ideológico-político final es siempre el mismo. Es el mismo autor último el
que se encarga de todo: de elaborar productos cultos para el público culto
y productos basura para la gran masa; de dar deportes al que quiere deportes
y cine al que desea cine... Incluso pueden escenificar un falso pluralismo:
nada les impide, por ejemplo, elaborar mercancías de elevada religiosidad
y, a la vez, porno duro. El mercado se compone de muy diversos sectores y
ellos los van atendiendo uno a uno, sacando provecho de las necesidades de
cada cual. Pero sus opciones ideológicas y políticas, explícitas o latentes,
son invariablemente las mismas.
Este efecto perverso se ve multiplicado por otro: la concentración de la
propiedad conduce también inevitablemente a la oficialización de los grandes
consorcios de la comunicación.
No podría ser de otro modo. Quien necesita del visto bueno gubernamental
para sus negocios –porque precisa que la Administración le conceda determinados
permisos y licencias, y que se las renueve cada tanto– no puede permitirse
el lujo de llevarse mal con quien ostenta la titularidad del Poder político.
Así como un diario independiente puede tener relaciones de franca hostilidad
con el Poder político, e incluso ir viento en popa a toda gracias a esas
malas relaciones, la existencia de graves disfunciones en la relación entre
un gran consorcio multimedia y el Poder político establecido es un fenómeno
difícilmente mantenible. No ya a largo plazo: incluso a medio término. O
el Gobierno cede o lo hace el consorcio empresarial. Dos poderes tan importantes
no pueden estar en posiciones antagónicas.
Porque esos grandes grupos multimedia son Poder. Y a veces su poder es enorme.
Los gobernantes norteamericanos admiten sin demasiado reparo que la posición
de las grandes cadenas de TV de su país puede condicionar su política. Así
se vio muy claramente hace unos años cuando las tropas norteamericanas desembarcaron
en Somalia para realizar la llamada Operación «Restaurar la Esperanza». Aquella
“operación” se concibió en función de las necesidades de su retransmisión
por televisión: baste con decir que el desembarco de las tropas norteamericanas
se hizo coincidir con la hora de inicio de los principales telediarios, y
que los soldados estuvieron esperando, cual extras de cine, a que les indicaran
en qué momento debían ponerse en marcha porque las cámaras ya habían comenzado
a transmitir.
Las televisiones tienen un enorme poder de conmoción de la opinión pública.
Convenientemente dosificado, sirve para que los ciudadanos tengan su ración
diaria de sensibilidad –digamos mejor de sensiblería–, para mantenerlos entretenidos
y para que tengan la sensación de que participan de una conciencia colectiva.
Pero las cosas se hacen de tal modo que la información resulta siempre caótica,
abrumadora, indigerible, de tal modo que no pueda servir para conformar una
conciencia crítica. Por eso es tan importante la constante variación: un
día toca encoger el corazón con el drama de tal o cual país misérrimo del
África subsahariana, pero al día siguiente hay que estar ya con el pasajero
del avión secuestrado en Arabia Saudí –y de la cosa subsahariana, si te he
visto no me acuerdo–, y al día siguiente en el quirófano donde se disponen
a despegar a dos criaturas que han nacido unidas por el vientre, y al siguiente
con la pobre mujer de Murcia que estuvo luchando con el agua tres cuartos
de hora para no morir ahogada, y al siguiente con la señora que ingresa en
prisión porque ha sido condenada a 15 años de cárcel por darle matarile a
su marido pegón.
Cada tragedia cumple la doble función de anonadar sobre la marcha y de hacer
olvidar la anterior.
Pero el poder inmediato de las televisiones no vuelve inútil, ni mucho menos,
el poder de los periódicos.
Volvamos a España. En este país, los grandes diarios, los diarios que se
consideran como de referencia, tienen un fuerte ascendiente sobre personas
y grupos que son, a su vez, muy influyentes. Un diario en nuestro país puede
ser leído, en el mejor de los casos, por unos dos millones de personas. En
cambio, una cadena de radio puede tener un público tres o cuatro veces mayor,
y todavía más una televisión.
Pero los periódicos marcan más, condicionan más el orden del día de la vida
político-social, y ello porque contribuyen a moldear la opinión –y, por ende,
las decisiones– de aquellos que controlan los centros de poder político,
empresarial, financiero, judicial, etc. Es más: moldean también la opinión
de aquellos que deciden el contenido de los programas de radio y televisión.
Casi todos los grandes magazines de radio y televisión se hacen con los
grandes diarios como referencia.
En realidad, la prensa española tiene una influencia política desproporcionada.
En el mundo desarrollado, hay periódicos cuya difusión está a años luz de
la de los periódicos españoles. El Yiomiuri Shimbun japonés edita 14,5 millones
de ejemplares diarios. El Asahi Shimbun, 12,8 millones. El Bild Zeitung alemán
vende 4,2 millones. Incluso un periódico tan técnico –y tan insoportablemente
carca– como The Wall Street Journal se las arregla para vender 2 millones
de ejemplares. Los japoneses leen cuatro veces más diarios que los españoles.
Los británicos, tres veces más. Los alemanes, más del doble. Y, sin embargo,
la influencia directa e indirecta de las tres grandes cabeceras madrileñas
no es menor, ni mucho menos, a la que tienen los principales diarios norteamericanos,
japoneses, alemanes, franceses, o italianos, aunque éstos tengan más lectores.
Dicho en pocas palabras: en España, la prensa se lee poco, pero pinta mucho.
He tratado de explicar cómo el mundo de la comunicación está organizado para
funcionar como una máquina de reproducción y expansión de la ideología dominante.
Pero no sería justo si me olvidara de una pieza esencial en el engranaje
de esa máquina: los propios periodistas.
El periodista está muy condicionado, en todos los sentidos, para actuar como
un reproductor de la ideología dominante. Sin duda. Pero, en la gran mayoría
de los casos, no ve esos condicionantes como un corsé opresivo. Al contrario:
le parecen lo más natural del mundo, porque la ideología dominante es su
propia ideología. Los periódicos, las radios y las televisiones no están
compuestos por una cúpula perversa y una base honrada y paciente. Lo más
normal es que, desde el punto de vista ideológico, un jefe sólo se distinga
de un redactor de base por su mejor conocimiento de las reglas del juego...
y porque, en buena parte, ya ha conseguido buena parte de lo que el redactor
de base aspira a conseguir.
El resultado de todos estos factores combinados conduce a lo que ya antes
he señalado: a la aparente desideologización de los medios de prensa, que
no es, en la práctica, sino la entronización de los dogmas del neoliberalismo
y su cristalización en lo que llamamos pensamiento único.
Debemos ser conscientes de la gravedad de lo que está ocurriendo. Como ha
subrayado Eduardo Galeano,
«El número de quienes tienen derecho a escuchar y ver no cesa de acrecentarse,
en tanto se reduce vertiginosamente el número de quienes tienen el privilegio
de informar, de expresarse, de crear. La dictadura de la palabra única y
de la imagen única, mucho más devastadora que la del partido único, impone
en todas partes el mismo modo de vida, y otorga el título de ciudadano ejemplar
a quien es consumidor dócil, espectador pasivo, fabricado en serie, a escala
planetaria, conforme al modelo propuesto por la televisión comercial norteamericana.
(...) En el mundo sin alma que los medios de comunicación nos presentan como
el único mundo posible, los pueblos han sido reemplazados por los mercados;
los ciudadanos, por los consumidores; las naciones, por las empresas; las
ciudades, por las aglomeraciones. Jamás la economía mundial ha sido menos
democrática, ni el mundo tan escandalosamente injusto. » («¿Hacia una sociedad
de la incomunicación?», en Le Monde Diplomatique, enero de 1996).
Así es. Se nos ha tratado de convencer de que la aplicación de los drásticos
criterios del neoliberalismo contribuye a impulsar el desarrollo de las fuerzas
productivas y a crear riqueza, lo que debe revertir automáticamente en un
mayor reparto del bienestar. Pero la realidad que se ha producido es exactamente
la opuesta: el bienestar material no sólo no se democratiza, sino que se
concentra cada vez en menos manos. Según cifras de las Naciones Unidas y
del propio Banco Mundial, el sector más acomodado de la Humanidad (el 20%)
era en 1960 treinta veces más rico que el 20% más desfavorecido. Treinta
años después, en 1990, el grupo de los mejor situados ya era 60% más rico.
Y el abismo ha seguido ahondándose.
La conversión en dogma del valor superior de la libre circulación de capitales
y mercancías, de la conveniencia de las privatizaciones y de la desregulación
de los mercados, de la independencia de los Bancos centrales y, en suma,
de la primacía de lo privado sobre lo público –o sea, la victoria del neoliberalismo,
plena ya a escala mundial desde la caída del Muro–, supone un golpe brutal
para la democracia y, de modo destacado, para la libertad de expresión. El
capitalismo se ha desnacionalizado: los gobiernos nacionales han adoptado
leyes que cada vez hacen más difícil contrarrestar el poder de las multinacionales.
Para estas alturas, ningún voto emitido en ningún país puede alterar las
reglas del juego planetarias, impuestas por los grandes poderes financieros
mundiales, que no están sometidos a ningún gobierno.
El mundo de los medios de comunicación forma parte principal de esa ofensiva.
En dos planos diferentes. Por un lado, asume la misión de difundir esa ideología
(que, como señalaba al comienzo, no se acepta como tal, porque el neoliberalismo
niega ser una opción entre otras posibles: pretende ser la única práctica
racional imaginable). Esta misión es convenientemente estimulada por las
instituciones económicas y monetarias (el Banco Mundial, el FMI, la OCDE,
la Comisión Europea, el Deustche Bank, etc.) que, dinero en mano, enrolan
a su causa numerosos centros de investigación, universidades, fundaciones,
etc., cuyo discurso es retomado por los principales órganos de información
económica (The Wall Street Journal, The Financial Times, The Economist, la
agencia Reuter...), que son frecuentemente propiedad de grandes grupos industriales
o financieros. Finalmente, otros periodistas, comentaristas, ensayistas,
políticos, etc., reproducen en los grandes medios de comunicación las ideas
así adobadas, convirtiéndolas en una especie de nuevas tablas de la ley,
aprovechando el hecho de que, como ha dicho acertadamente Ignacio Ramonet,
«en nuestras sociedades mediáticas, repetición equivale a demostración».
(«La pensée unique», Le Monde Diplomatique, enero de 1995).
Pero los emporios de la comunicación no se limitan a hacer esta función de
difusión y reproducción de la ideología neoliberal. También la aplican a
su propio sector. Ellos mismos se expanden a escala internacional, conquistan
mercados, se agrandan y se independizan de cualquier interés nacional. Hoy,
el mundo de la comunicación, a escala internacional, está cada vez en menos
manos, y esas manos lo abarcan en sus más diversas facetas. Pero, si las
manos son pocas, las ideologías son todavía menos: sólo hay una. Es una ideología
que explica las desigualdades sociales no en función de la injusticia del
orden social vigente, sino en razón de las diferentes capacidades para triunfar:
si alguien es pobre, si no tiene, es porque no ha sabido tener, porque no
ha sido listo, porque no ha trabajado lo suficiente o porque no ha trabajado
lo suficientemente bien. Lo cual no constituye un problema que deban resolver
los Estados, sino la caridad: de ahí la devoción de los neoliberales por
las ONG.
La situación es perfectamente penosa. El proceso de concentración de la propiedad
de los medios de comunicación avanza de modo inexorable, y a gran velocidad.
Por otra parte –o por la misma, en realidad–, el mundo de la Prensa ha entrado
ya de pleno en la vorágine globalizadora: la propiedad de los medios cambia
de manos como si se trata de fábricas de productos lácteos, o de zapatos.
Lo cual tiene en ocasiones efectos incluso cómicos: no deja de ser risible
ver a los mismos presentadores de tal o cual cadena de televisión o de radio
diciendo primero maravillas de estos o aquellos personajes, pasando a ponerlos
furiosamente a caldo algo después y volviendo a cantar sus excelencias un
poco más tarde, todo en función de los vaivenes político-empresariales sufridos
por la empresa propietaria. El caso de los medios comprados por Telefónica
está en la mente de todos.
Pero no nos quedemos con el lado tragicómico de la experiencia y reparemos
en el hecho de que hoy en día la propiedad de buena parte de los medios informativos
está en manos de empresas ajenas por entero al mundo de la comunicación.
Así, hay cadenas de televisión y de radio, o periódicos, que son propiedad
de compañías dedicadas en lo fundamental a la telefonía, o a la explotación
de los derivados del petróleo, o a las finanzas: empresas a las que todo
empuja a servirse del periodismo con los mismos criterios que organiza una
cadena de montaje.
Los paladines del pensamiento único pretenden que esa realidad es muy positiva,
porque proporciona a los medios de comunicación una enorme cantidad de sinergias.
Es decir, que cada medio se beneficia de compartir el mismo gran tinglado
con muchos otros medios. Según ellos, es estupendo que El País forme parte
del mismo emporio empresarial que la Cadena Ser, Canal Plus, Satélite Digital,
la red de tiendas Crisol, Santillana, Alfaguara y tropecientas piezas más,
porque eso abre al periódico muchísimas expectativas. También les parece
magnífico que el Mundo forme parte de la red internacional de Pearson, representada
en España por el grupo Recoletos, lo que le abre las puertas de medios tan
variados como Marca y The Financial Times. El argumento es de broma. Para
lo que eso sirve, vistas las cosas desde el punto de vista de la opinión
pública, es para que esos periódicos tengan que hablar necesariamente bien
de todas las muchas divisiones y subdivisiones de la empresa matriz. Así,
quien publica un libro en Alfaguara ya sabe que tiene derecho a que El País
le saque una crítica favorable. Y ya puede Marca publicar todas las tonterías
que le dé la gana, que puede dar por descontado que habrá un periódico que
por nada del mundo –o sea, por nada de El Mundo– lo criticará. Las supuestas
sinergias no son sino otras tantas cortapisas a la libre expresión.
En la España actual hay un gran consorcio multimedia –el del grupo Prisa–,
otro de menor tamaño y bastante menos integrado, pero que cuenta con el favor
del Gobierno –el resultante de la entente existente entre Telefónica y el
grupo Recoletos–y un par mucho más pequeños y bastante menos politizados
(el del grupo Correo y el constituido en torno a La Voz de Galicia).
A ciertos efectos, siempre es preferible que el mercado de la comunicación
no esté dominado por un solo grupo. La existencia de varios puede redundar
en beneficio de los consumidores. Pero no necesariamente. Basta con comprobar
la experiencia del fútbol en la modalidad de pago. Canal Satélite y Vía Digital
empezaron haciéndose la competencia, lo que les metió en una benéfica carrera
de precios. Pero finalmente han llegado a un acuerdo, con lo que en la práctica
existe un monopolio de oferta. Por otra parte, e incluso cuando funciona,
la competencia puede tener también efectos espantosos. Por ejemplo, cuando
los diferentes canales se lanzan a la carrera para ver quién puede captar
una cuota más alta de espectadores ávidos de fútbol, de telebasura, de programas
de cotilleo o de esa cosa afrentosa del Gran Hermano, el Bus y hierbas parejas.
En todo caso, lo que la competencia entre los gigantes de la comunicación
no asegura de ningún modo es una diversidad ideológica digna de tal nombre.
Sus grandes opciones en este terreno son uniformemente las mismas. Y lo peor
no es eso. Lo peor es que, además, imponen unas reglas de mercado que hacen
prácticamente imposible la presencia de productos dignos que escapen del
terreno de la mera marginalidad. Antes hacía alusión a ello: hace poco más
de una década, fue posible crear en España un medio independiente como El
Mundo. En la actualidad, no sería viable. De hecho, tampoco ha sido viable
El Mundo como medio independiente. Los macrotinglados multimedia, cuya capacidad
para absorber la oferta publicitaria es cada vez mayor, no dejan apenas aire
para respirar, y un diario sin una importante facturación de publicidad está
condenado al fracaso.
No quisiera poner fin a este capítulo sin hacer mención especial de la última
de las tendencias que se está haciendo notar en España en el terreno de los
medios de comunicación. Me refiero a la creciente conversión de la Prensa
en un cuarto poder del Estado.
La expresión cuarto poder no tiene nada de nueva. Hace tiempo que se ha venido
aplicando a los medios de comunicación. Pero hasta hace poco se empleaba
de manera sólo metafórica, alusiva a la capacidad de la Prensa para influir
en la evolución de los acontecimientos.
Ahora creo que se puede empezar a emplear con total literalidad, entendiendo
que el poder del Estado se subdivide en cuatro poderes: el ejecutivo, el
legislativo, el judicial y el mediático.
No pretendo hacer ninguna humorada. La cosa no está para bromas.
El asunto está en relación con la propia desnaturalización del papel de los
tres poderes clásicos, originariamente previstos para vigilarse entre sí
y prevenir sus posibles extralimitaciones. En la actualidad, la vigilancia
ha cedido su peso específico a la colaboración. El poder legislativo –es
decir, el Parlamento– está en manos del Ejecutivo, gracias a la mayoría absoluta
de que goza el PP. Por su parte, los integrantes de los órganos políticamente
claves del poder judicial –Consejo General del Poder Judicial, Tribunal Supremo,
Tribunal Constitucional, Audiencia Nacional– son tan deudores de sus compromisos
políticos que rara vez se atreven a llevar la contraria al Ejecutivo en las
llamadas cuestiones de Estado. Los casos de colaboración servil del poder
judicial con el Ejecutivo, e incluso los de acción concertada entre ambos
–la Audiencia Nacional suele ser frecuente muestra de ello–, son cada vez
más escandalosos.
El papel de la Prensa no es muy diferente. La colusión entre los principales
medios de comunicación y el establishment político es cada vez más descarada.
Antes solían coincidir, por pura comunidad ideológica. Ahora siguen ya estrategias
convenidas previamente. En determinados casos, establecen incluso campañas
conjuntas para crear determinados estados de opinión: la Prensa pone en circulación
con aire de espontaneidad tal o cual idea, los políticos se hacen eco de
ella, la Prensa se hace eco del eco de los políticos, los informativos lo
reflejan, las tertulias lo comentan y, en cosa de nada, ya está en marcha
el clamor popular deseado. Llegado el caso, el poder legislativo se hace
cargo de su conversión en ley, y el judicial, de su aplicación.
De hecho, va creciendo en importancia el papel de los líderes de opinión
que pudiéramos tipificar como transversales: son, a partes iguales, periodistas,
políticos profesionales y empresarios. Cada una de sus tres facetas potencia
las otras dos y sólo la unión de las tres permite entender el sentido de
sus tomas de posición.
Así las cosas, ¿existe alguna posibilidad de huir de la voracidad de los
grandes tiburones de la comunicación? A decir verdad, lo veo difícil. Extremadamente
improbable. Apuntaré muy brevemente, en todo caso, unas pocas líneas de reflexión.
Señalaré, en primer lugar, que los medios de comunicación, aunque fuerzan
la realidad, también son reflejo de ella. En la medida en que crezca el movimiento
de contestación a la globalización y el pensamiento único, aumentará la viabilidad
de medios de comunicación que se sitúen fuera de esas coordenadas de pensamiento.
En segundo lugar, dejaré constancia de mi convencimiento de que el escenario
de la contestación actual ya no puede ser otro que el forzado por el propio
sistema del Poder. No sé cómo podrá hacerse eso –ni siquiera sé si podrá
hacerse–, pero estoy persuadido de que la oposición al sistema también tiene
que globalizarse, hacerse internacional.
En tercer lugar, creo que quienes estamos en contra del orden social vigente
debemos prepararnos para aprovechar, en la medida que sea posible, las rendijas
que ofrecen las nuevas tecnologías. Algunos estamos demasiado condicionados
por nuestra formación: cuando queremos hacernos oír, inmediatamente pensamos
en hacer un periódico. Pero la prensa escrita no sólo está monopolizada,
sino también en decadencia. Hay que aprender a utilizar las posibilidades
que ofrece Internet como arma de información veraz y como foro de expresión
del pensamiento crítico. No soy miembro del Club de Adoradores de Internet,
pero tampoco desdeño sus claras virtualidades. Sin ir más lejos: yo me he
venido hoy desde Madrid –encantado, por otra parte– para contaros esta historia,
y vosotros y vosotras os habéis desplazado desde vuestras casas hasta este
local para escucharla. Pues bien: todo los días me suelto un rollo diferente
en mi página web y más de 300 personas se lo leen también a diario, y ni
ellas ni yo tenemos que movernos de nuestros respectivos lugares de origen
para realizar ese intercambio de ideas, que de otro modo sería imposible.
Internet no excluye el contacto personal, sin duda necesario, pero abre
posibilidades antes inexistentes. ¿Cómo iba a arreglármelas yo para reunir
a diario a más de 300 personas determinadas a escucharme? Internet hace posible
esa inaudita expresión de masoquismo.
Pero son gotas de agua en el océano. Sólo se transformarán en una corriente
digna de ese nombre cuando, a fuerza de soportar los desafueros de la globalización,
crezca más y más la corriente de rebeldía mundial que ya está empezando a
tomar cuerpo.
En esa esperanza estamos los profesionales de los medios de comunicación
que nos negamos a pasar por el aro. O que pasamos por él sólo lo imprescindible
para ganarnos los garbanzos, a la espera de tiempos mejores y haciendo lo
posible para que lleguen cuanto antes.