Red Española Democracia Participativa
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Domingo 15/Abril/2001


La democracia participativa avanza en Europa
Porto Alegre  atraviesa  el Atlántico

Al calor del desgaste de las viejas instituciones representativas, la apuesta por una democracia participativa comienza a abrirse espacios. La ciudad pionera en ensayar un modelo que se articuló alrededor de la definición de las prioridades populares de gasto fue la brasileña Porto Alegre. Algo más de una década después y en vista de que la iniciativa parece estar funcionando, pequeñas localidades de la periferia de París (Saint-Denis) y de la de Barcelona (Rubí) están dando los primeros pasos orientados a implantar el modelo al otro lado del charco. ¿Se tratará del principio de una revisión de los fundamentos de la democracia en Europa, o simple y llanamente de una experiencia pasajera más?
  

Juan AGULLO* * Ilustración: Mauricio GOMEZ MORIN

En el municipio de Rubí (60 mil habitantes), hace tiempo que hay algo que falla. A lo largo de los últimos años, en este bastión histórico de la izquierda obrera catalana, la participación ciudadana se ha venido reduciendo a su mínima expresión. Los vecinos de la localidad, como en muchos otros lugares, están perdiendo confianza en sus supuestas instituciones, hasta el punto de que cada vez menos se toman la molestia de acercarse a los colegios electorales a ejercer su derecho al sufragio. Ya son muy pocos los que se sienten representados por los partidos políticos: ni tan siquiera el viejo Partido Socialista Unificado de Cataluña (hoy reconvertido en Iniciàtiva per Catalunya) logra levantar el entusiasmo de antaño. Nada ni nadie ha logrado transformar una cotidianidad marcada desde casi siempre por la exclusión: lejanía de los centros de decisión; formación profesional y educativa deficiente y generalizada; tendencia al monolingüismo en una región bilingüe (español y catalán) y, a modo de corolario, más que desempleo, precariedad laboral. El panorama resulta, definitivamente, algo más que sombrío.

En Saint-Denis (85 mil habitantes), la situación es muy parecida: la localidad en cuestión está ubicada en la periferia de París, y aunque cuenta con instalaciones de relumbrón como el Stade de France (en donde se celebró la final del último Mundial de Futbol) e incluso con un pasado glorioso (durante siglos albergó los restos mortales de los reyes de Francia), sabe muy bien lo que quiere decir marginalidad. El municipio francés funcionó durante décadas como uno de los centros industriales más importantes del valle del Sena; ahora, al calor de la posmodernidad, ejerce como polo de atracción para los inmigrantes africanos y antillanos; sobra decir que ni los unos ni los otros han llegado a constituir nunca una fuente de preocupación prioritaria para las autoridades. En los últimos tiempos, Saint-Denis está viviendo una transición del sector secundario al terciario que, al tiempo que está contribuyendo a revolucionar los trazos urbanos, está expulsando hacia el exterior a sus escasamente calificados habitantes. Políticamente hablando, los lugareños han sido fieles al Partido Comunista desde la década de los treinta. En los últimos años, sin embargo, las fuerzas han comenzado a flaquear: la tasa de abstención, de hecho, se está acercando cada vez más a un, en absoluto, desdeñable 50%.

Ante situaciones como las descritas, a finales de los noventa, Núria Buenaventura -alcaldesa de Rubí- y Patrick Braouezec -alcalde de Saint Denis- decidieron echarle imaginación al poder. El modelo soviético se había derrumbado, arrastrando tras de sí cualquier vestigio de obediencia debida. La búsqueda de nuevas fuentes de inspiración política que mantuvieran viva la llama de la transformación social y que, sobre todo, ayudaran a detener el lento pero inexorable desgaste al que se estaban enfrentando las instituciones locales en general, y los partidos comunistas en particular, se convirtió casi de la noche a la mañana en un imperativo categórico. La conferencia internacional sobre democracia participativa que, en 1999, organizaron en Porto Alegre (Brasil) las autoridades lugareñas (con vistas a dar a conocer mundialmente su peculiar modelo de administración local) constituyó una oportunidad inmejorable para dotarse de herramientas prácticas, orientadas al viraje político, que las pequeñas poblaciones europeas estaban buscando.

Miles de estudiosos de la sociología urbana y representantes institucionales de ciudades de cuatro continentes se desplazaron a la capital de Río Grande do Sul, con el objetivo de conocer más de cerca una experiencia que, en 1996, había merecido la concesión del premio Hábitat por parte de la ONU. Por vez primera en la historia, una experiencia netamente latinoamericana comenzó a delinearse como modelo de democracia para la vieja y altanera Europa. Las puertas de entrada, pese a todo, tampoco están siendo arcos del triunfo: ninguna ciudad grande o mediana se ha atrevido hasta ahora a dar el paso, pese a que algunas -como Barcelona e incluso Londres- no han ocultado su interés por la propuesta. El cerco político y geográfico alrededor de la vieja democracia representativa están contribuyendo a cerrarlo en localidades pequeñas, gobernadas por partidos (Iniciàtiva per Catalunya-Els Verds en el caso de Rubí y el Partido Comunista Francés en el de Saint-Denis) cada vez más irrelevantes a escala nacional.

*Poco a poco

La idea de convertir los presupuestos en participativos hace tiempo que ronda en las cercanías de París y de Barcelona. No obstante, la lentitud de los pasos dados por las autoridades locales deja translucir un terrible miedo al fracaso. La iniciativa en cuestión, de hecho, parece estar funcionando en Brasil a las mil maravillas; Europa, sin embargo, cuenta con especificidades que no se quiere pasadr por alto ni en Francia ni en España. La participación ciudadana lógicamente resulta fundamental para un proyecto de las características del que se quiere articular. Hacerlo en poblaciones en las que los vecinos, entre otras cosas, se acercan cada vez menos a votar, conlleva sus riesgos.

Véase si no el caso de Sabadell (185 mil habitantes), otra ciudad industrial de la periferia de Barcelona. El pasado año, el ayuntamiento de la mencionada población organizó varias jornadas orientadas a conocer las prioridades populares de gasto; su carácter, sin embargo, fue meramente consultivo. Los temores, en este caso -pese a las expectativas creadas-, pesaron mucho más que las convicciones. Algo parece estar comenzando a moverse en el viejo continente; los costos políticos que maniobras tales pudieran acarrear llevan a los dirigentes municipales a proceder con una cautela que, públicamente, es presentada como fruto de un ejercicio de responsabilidad.

En Saint-Denis, de hecho, el hábil alcalde Braouezec -pese a mostrarse interesado por la articulación de un presupuesto participativo desde por lo menos 1999- ha preferido labrarse una sólida base institucional, antes que lanzarse a emprender medidas encaminadas a dar forma a unos presupuestos verdaderamente participativos. A lo largo de los últimos años, de hecho, en Saint-Denis se han organizado numerosos seminarios, talleres, reuniones y hasta ensayos de todo tipo. La prioridad, sin embargo, ha radicado en promover un acuerdo político con otras fuerzas de la izquierda local ?como el Partido Socialista, Los Verdes y otras menores? encaminado, no sólo a amarrar una victoria contundente en las elecciones municipales efectuadas en Francia a lo largo de marzo, sino a disponer de una base política de apoyo suficiente como para no cometer errores.
 
A la derecha, no en vano, le gusta muy poco -por no decir nada- la idea de promover una democracia participativa siquiera a escala local. Durante la pasada campaña electoral, en efecto, desde los candidatos centristas hasta la extrema derecha, todos orientaron su artillería pesada contra los devaneos participativos del alcalde Braouezec. En Rubí ocurre tres cuartos de lo mismo: hace algunas semanas el concejal del Partido Popular (gobernante en España), Armand Querol, declaraba al diario El País que prefería "empezar por preguntar a los ciudadanos si quieren una rebaja de impuestos". Cualquier género de error, por consiguiente, es esperado por algunos como una verdadera bendición.

Por eso, el objetivo radica en hacer las cosas de la mejor de las maneras posible. En Rubí es donde el proyecto se encuentra más avanzado en estos momentos. Si todo va conforme a lo previsto, los presupuestos de 2003 ya serán participativos. Habrán pasado entonces tres años largos de duro trabajo, en el que está interviniendo activamente un equipo de sociólogos y de politólogos de la Universidad Autónoma de Barcelona. No se quiere dejar nada al azar. Este año, de hecho, está siendo el más importante: las entrevistas a vecinos, la recogida de propuestas, los talleres de discusión colectiva, la elaboración de reglamentos y los talleres de simulación están a la orden del día. A priori, el año que viene apenas se modificarán algunos detalles: los presupuestos participativos habrán arrancado en Europa y se enfrentarán, pocos meses después, a su primer test electoral.

*En el ojo del huracán

A partir de ese momento Rubí, dada su condición de laboratorio político, se convertirá en el objeto de todas las miradas, de todos los seguimientos. Para empezar, por parte de ciudades parecidas (en tamaño y en características) que ya han coqueteado en Europa ?de forma más o menos abierta? con la democracia participativa. Para continuar, por parte de urbes más grandes que, sabedoras de que Porto Alegre cuenta con algo más de un millón de habitantes, son conscientes de que podrían tratar de aplicar el modelo. Para terminar, por parte de un ente algo más abstracto: una izquierda no socialista europea que, desde la caída del Muro de Berlín (1989), se encuentra huérfana no sólo de identidad sino de propuestas que den forma a un proyecto político diferenciado, original y, sobre todas las cosas, atractivo para la ciudadanía.

En estos momentos, de hecho, si la derecha europea le teme tanto a iniciativas de este tipo, ello se debe a la circunstancia de que, de terminar por imponerse de forma generalizada, podrían dar al traste con una tecnologización de la política que, a lo largo de los últimos años, ha propiciado que los tecnócratas monopolicen la idea de futuro hasta el punto de cauterizar cualquier atisbo de iniciativa ciudadana que no haya sido canalizada a través de las instituciones. La forma en la que se está construyendo la unidad europea, por ejemplo, resulta harto elocuente en este sentido: el viejo continente se está convirtiendo en un lugar en el que el porvenir resulta excedentario y el devenir, deficitario. No hay pues espacio para el azar: para la ciudadanía todo parece estar dado y, lo que es peor, decidido.

No en vano, y por muy increíble que pueda sonar, ni las campañas partidistas y ciudadanas contra la unión monetaria, el servicio militar y la neoliberalización del Estado de bienestar o en favor de la promoción de nuevas iniciativas inmobiliarias o ecológicas que han tenido lugar a lo largo de los últimos años, han levantado tanta expectación política y académica como una democracia participativa que, poco a poco y pese a los temores de algunos, se está convirtiendo en el proyecto mimado de un sector de la izquierda en plena decadencia electoral.

En un contexto tal queda por ver cuál será la respuesta de los ciudadanos. Si tenemos en cuenta el caso de Porto Alegre podemos estar casi seguros de que, en un primer momento, la participación popular en la elaboración del presupuesto y en el control del gasto público será incluso menor que la electoral. Sin duda, ello contribuirá a que las pocas veces que se ventile públicamente la cuestión, no se haga en términos especialmente elogiosos: las dudas sobre su viabilidad se elevarán a la enésima potencia con el apoyo de "expertos", y por supuesto, de representantes institucionales.

En un segundo momento, sin embargo, el proyecto debería de levantar el vuelo convirtiéndose de esa manera en un modelo a imitar: por las ciudades pequeñas primero, por las medianas más tarde y probablemente por las más grandes al final. En principio, Europa constituye una área geográfica que, debido a sus características poblacionales (concentración en ciudades que, salvo casos aislados, se encuentran entre los 50 mil y el millón y medio de habitantes), parece idónea para la administración de nuevas iniciativas políticas que, como la del presupuesto participativo, están teniendo la valentía de promover los equipos de gobierno de pequeñas ciudades como Rubí o Saint-Denis.

La rica cultura política que caracteriza al viejo continente constituye una garantía de éxito, que tan sólo podría encontrar un serio obstáculo en la erosión constante de la que están siendo objeto las fuerzas políticas que, por el momento, están promoviendo la articulación de la democracia participativa en Europa. El reto de la apuesta, por consiguiente, va a consistir en lograr revertir una situación política, institucional y desde luego social, que en estos momentos resulta relativamente desfavorable. La palabra ahora la tiene el pueblo: el espacio, mal que bien, ya se está creando.*